Concurso de relatos 52ª Ed. Arturo Pérez-Reverte (El perro negro)
Celebrada ya la Gala de premios del reto del tintero de oro anónimo de este mes, dejo por aquí el relato con el que he participado y por el que me han obsequiado en el Tintero de Bronce. Muchas gracias a quienes lo habéis votado.
Por aquí podéis leer el resto de los relatos participantes.
El
aire de la habitación era espeso, cargado de una humedad que se mezclaba con el
olor agrio del sudor que llevaba acumulándose semanas en el ambiente. Felipe II
estaba postrado en la cama. Cualquier mínimo movimiento le producía dolor y
temía el momento en que tuvieran que limpiarle las llagas que le horadaban la
piel. Cada segundo era un suplicio, una batalla contra una enfermedad que
llevaba años arrastrando. Lo único que podía hacer era rezar para morir bien, en
paz con Dios y con la certeza de que había sido un buen cristiano que obtendría
la salvación en el reino de los cielos. Miró el crucifijo que había mandado
instalar frente al que sería su lecho de muerte. Le consolaba contemplarlo y
hablarle al cristo, tallado en mármol blanco, que descansaba en la cruz. En los
ojos serenos de la imagen encontraba compasión ante los terribles padecimientos
que sufría.
Día
tras día, aun en ese estado, intentaba escapar de la muerte. Creía, henchido de
fervor, que encontraría la solución en la alquimia, pero los avances del
círculo de eruditos todavía no habían dado resultados. Hoy se reuniría con
ellos en la alcoba. Ya no podía acudir a la Torre de la Botica, donde se
encontraba el laboratorio alquímico. Las llagas que se abrían en su cuerpo, junto
a la fiebre que lo atenazaba, se lo impedían. Tendría que conformarse con
enterarse de los avances que hacían a través de esas conversaciones. Con las indicaciones
que les proporcionaba y los experimentos que llevaban a cabo en el laboratorio,
tal vez encontrarían la manera de salvarlo, o al menos, de aliviar el malestar,
proporcionándole la muerte digna que anhelaba. Era la única solución, aunque sabía
que muchos veían con malos ojos esas visitas que recibía en la alcoba a puerta
cerrada, pero le daba igual. Estaban muy cerca de descubrir algo maravilloso
que quizás pudiera salvarle.
La
puerta se abrió con un chirrido desgastado. Era su hija, Isabel. Ya no
recordaba haberla mandado a llamar para que le trajera la reliquia de Santa
Inés. El dolor que le provocaba cada úlcera le había nublado la memoria. Sin
embargo, no fue impedimento para pedirle a Isabel, en un susurro apenas audible,
que le dejara la quijada de la santa en las manos, en vez de en el mueble que
contenía el resto de los objetos sagrados. Ella, resignada ante las
extravagancias de su padre, cedió. Después abandonó la habitación, dejándolo
acariciando el hueso sagrado, que pasaba de una mano a otra, pese al gran sufrimiento
que ese simple movimiento le provocaba.
El
rey, acunado por una sensación de paz difícil de describir, colocó la pieza cerca
del corazón y cerró los ojos. Necesitaba descansar, dormir un poco antes de la
siguiente cura. Cayó en un duermevela superficial, plagado de pesadillas. Unos
ojos rojos le devolvieron la mirada. Ese maldito perro negro volvía de nuevo al
final de sus días. Hacía mucho tiempo que nadie lo mencionaba. Durante el
proceso de construcción de El Escorial, sin embargo, los operarios hablaban a
menudo de la figura de un can de pelaje oscuro que pasaba aullando por las
inmediaciones y les impedía acercarse a la obra. Ahora, el problema que creía
solucionado, volvía para acecharle. Se vio recorriendo los largos pasillos del
monasterio, huyendo del animal que todos creían salido del infierno,
escondiéndose detrás de los bancos de madera maciza para que el lacayo de la
parca no lo encontrara.
Despertó
alterado, con el frágil corazón latiendo a un ritmo desenfrenado. Cuando vio
que la persecución no era real, se tranquilizó. Miró al lado contrario de las
reliquias y contempló una vez más El Jardín de las Delicias. Era su cuadro
favorito de El Bosco. Se sentía atraído por el simbolismo y por los curiosos
detalles que el autor había plasmado en la obra y que, en un primer vistazo,
pasaban desapercibidos. Además, presentía
que Jheronimus van Aken había ocultado algo en esa pintura, un secreto
relacionado con la alquimia que se le revelaría a aquel que descifrara el
significado del lienzo. Ese era el motivo de que hubiera dedicado tanto tiempo
al estudio y escrutinio de ese paisaje. Entre los cuerpos desnudos que
disfrutaban en el estanque, la arquitectura imposible de los edificios y las
aberraciones del infierno estaba seguro de que había escondido un código, una
guía para obtener la piedra filosofal, el elixir de la vida, la solución a la
fragilidad del cuerpo con el que nació.
En
la esquina inferior derecha, junto a una especie de ratón con cofia de monja,
vio dos ojos rojos relucir. Supo que era el fin, que no existía escapatoria
posible. Había hecho lo imposible por acabar con el animal, pero ahora
regresaba para llevárselo con él. Al menos no tendría que soportar otra cura
más, pensó mientras, presa ya de las alucinaciones provocadas por la fiebre,
veía al perro negro avanzar con lentitud. Cuando lo tuvo al lado, a tan sólo un
salto de subirse en la cama, se persignó y agarró la reliquia de Santa Inés con
las pocas fuerzas que le quedaban. Lo encontró su hijo unas horas después, en
la misma postura, con los ojos fijos en el cuadro y con la mano, ya rígida,
aferrada aún a la reliquia.



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